El 9 Congreso Internacional de Arquitectura Religiosa Contemporánea, celebrado en San Juan de Puerto Rico del 20 al 22 de noviembre de 2025, ha mostrado cómo la arquitectura religiosa estuvo muy presente en el desarrollo del Movimiento Moderno, y hemos constatado que a pesar de su riqueza conceptual y formal, su influencia ha sido poco estudiada hasta el momento, al menos en sus términos específicos. Es evidente que este tipo de arquitectura no fue el tema principal de los relatos canónicos del Movimiento Moderno —como los de Giedion, Pevsner o Zevi—, pero también que su papel fue más significativo de lo que la historiografía tradicional ha reconocido. Solo recientemente se ha comenzado a valorar su contribución como laboratorio de experimentación espacial y simbólica.
Las iglesias modernas abandonaron la espacialidad neobarroca y neogótica más habitual para adoptar formas simples, limpias y abstractas. Esto permitió que surgiera una nueva experiencia del culto. Una nueva experiencia centrada en la luz, la introspección y el silencio. Y si en muchos países, los encargos religiosos favorecieron la síntesis entre modernidad y tradición vernácula, acelerando procesos de regionalización del lenguaje moderno, no todas las experiencias fueron aceptadas; algunas provocaron rechazo por su radicalidad o por percibirse como ruptura con la tradición, poniendo en evidencia el carácter conflictivo —o incluso traumático— del proceso modernizador. El uso cada vez más frecuente del hormigón armado, el vidrio y el acero permitió que los arquitectos idearan estructuras audaces, construidas de forma rápida y económica. Estas innovaciones técnicas demostraron que se podía volver a expresar lo sagrado a través del sabio manejo de las dinámicas espaciales y de las texturas naturales.
La arquitectura religiosa moderna no solo respondió a cambios técnicos o estéticos, sino también a una nueva visión teológica que buscaba una relación más auténtica entre Dios, la persona y la comunidad. En ocasiones, esto se tradujo en espacios más íntimos, pero sobre todo, en espacios horizontales y comunitarios. Si en un primer momento el foco de la arquitectura moderna se centró en Europa, donde la arquitectura religiosa del siglo XX se vio influida por múltiples tensiones entre tradición y modernidad, la peculiar situación socio-político-teológica de América Latina pronto posibilitó experiencias mucho más radicales en extensión, enfoque e influencia social, que más allá de los ejemplos por todos conocidos, apenas han sido estudiadas.
En definitiva, la arquitectura religiosa moderna no solo acompañó el Movimiento Moderno, sino que lo enriqueció desde una dimensión espiritual, simbólica y comunitaria, desafiando la idea de que lo moderno debía ser exclusivamente secular. Es más, al presentar el lenguaje moderno en objetos cargados de significado para comunidades amplias, la arquitectura religiosa ayudó a normalizar y legitimar vocabulario formal y técnico de la modernidad, sirvió como campo de prueba para la innovación técnica, como espacio para repensar la experiencia colectiva y como mediador entre modernidad canónica y tradiciones locales, dejando un legado formal y cultural que perdura en la arquitectura contemporánea.
The 9th
International Conference on Contemporary Religious Architecture, held in San
Juan, Puerto Rico from November 20-22, 2025, has shown how religious
architecture was very much present in the development of the Modern Movement,
and we have observed that despite its conceptual and formal richness, its
influence has been little studied to date, at least in its specific terms. It
is clear that this type of architecture was not the main subject of canonical
accounts of the Modern Movement —such as those of Giedion, Pevsner, or Zevi— but also that its role was more
significant than traditional historiography has acknowledged. Only recently has
its contribution as a laboratory for spatial and symbolic experimentation begun
to be appreciated.
Modern
churches abandoned the more common Neo-Baroque and Neo-Gothic spatiality to
adopt simple, clean, and abstract forms. This allowed for the emergence of a
new experience of worship. A new experience centered on light, introspection,
and silence. And while in many countries religious commissions favored the
synthesis between modernity and vernacular tradition, accelerating processes of
regionalization of the modern language, not all experiences were accepted; Some
provoked rejection due to their radical nature or because they were perceived
as a break with tradition, highlighting the conflictive —or even traumatic—
nature of the modernization process. The increasingly frequent use of
reinforced concrete, glass, and steel allowed architects to devise bold
structures, built quickly and economically. These technical innovations
demonstrated that the sacred could be expressed once again through the skillful
handling of spatial dynamics and natural textures.
Modern
religious architecture responded not only to technical or aesthetic changes,
but also to a new theological vision that sought a more authentic relationship
between God, the individual, and the
community. Sometimes this translated into more intimate spaces, but above all,
into horizontal and communal spaces. While the initial focus of modern
architecture was on Europe, where 20th-century religious architecture was
influenced by numerous tensions between tradition and modernity, the unique
socio-political-theological context of Latin America soon enabled far more
radical experiences in terms of scope, approach, and social influence. Beyond
the well-known examples, these experiences have been scarcely studied.
Ultimately,
modern religious architecture not only accompanied the Modern Movement but
enriched it from a spiritual, symbolic, and communal perspective, challenging
the notion that modernity should be exclusively secular. Furthermore, by
presenting the modern language in objects imbued with meaning for broad
communities, religious architecture helped to normalize and legitimize the
formal and technical vocabulary of modernity. It served as a testing ground for
technical innovation, a space for rethinking collective experience, and a
mediator between canonical modernity and local traditions, leaving a formal and
cultural legacy that endures in contemporary architecture.