
DIGILEC Revista Internacional de Lenguas y Culturas 7
Digilec 13 (2026), pp. 1-19
y valores de una o más culturas y de los procesos emocionales, de acción y de
pensamiento que se derivan del reconocimiento de sentirlas propias.
Un rasgo definitorio de las sociedades actuales es su diversidad (de lenguas, códigos
culturales, tradiciones, formas de vida, etc.), que conduce a que no podamos concebir ya
las identidades culturales sino desde la idea de una pluralidad constitutiva que implica, a
su vez, que si nos remontamos a alguna suerte de raíces estas hayan de ser necesariamente
cruzadas. Esta realidad no está exenta de tensiones entre la unidad y la multiplicidad. La
idea de compartir memoria, lengua, costumbres y valores en singular asociada a la
coincidencia en un espacio geográfico unificado por un poder político ya no se sostiene.
Y este contexto entraña, a la par, riquezas y retos tales como el problema de las
relaciones de poder que se establecen en la diversidad, la creciente xenofobia o el peligro
de la uniformización y, lo que para nosotros es más importante, nos exige replantearnos
nociones como las de diferencia, cultura o identidad, de tal manera que la primera ya no
se entiende desde el esencialismo (que a menudo lleva aparejada la percepción de la
alteridad como amenazante) sino como algo relacional (experimentada desde la
compatibilidad y no desde el antagonismo), las culturas se piensan desde una concepción
dinámica y procesual y no desde el hermetismo, como internamente plurales, y las
identidades culturales no son otra cosa que identificaciones y pertenencias múltiples y
compatibles, que priorizamos o relativizamos en función del contexto o la situación.
En este sentido, a juicio de Trujillo Sáez (2005) existiría un problema en las
definiciones populares de cultura (opuestas a una visión dinámica y múltiple), desde las
que esta se entendería como objeto, espacio cerrado y clave de diferencia. Así lo expresa
el autor:
La cultura, según estas definiciones, es algo que se puede aprehender, que se hereda, que
se puede observar y que marca la diferencia entre individuos y grupos pues mediante esa
“aprehensión” se entra a formar parte de una comunidad, aparentemente de forma
excluyente y exclusiva. De esta forma, la cultura es algo externo que interiorizamos
mediante un proceso de aprendizaje, algo de lo que no somos responsables y que no
podemos modificar. Además, según esta definición popular, pertenecemos a una única
cultura (aunque esta no se delimite y a veces pueda ser cultura nacional, cultura religiosa o
cultura local) (Trujillo Sáez, 2005, 3).
A este respecto también parecen oportunas las palabras de Bermejo Pérez (2008)
cuando se refiere a la “incorporación e internalización, tanto en la concepción de cultura
como en la de identidad y, por tanto, en la de identidad cultural, del principio de
pluralidad”. Un principio de pluralidad que define como “reconocimiento del otro y
reconocimiento de lo(s) otro(s) en sí mismo. Es decir, reconocer la identidad como
alteridad, como apertura y relacionalidad radicales” (127-128).
En el escenario descrito, paradójicamente, cuando de una parte pareciera que los
contornos de las comunidades se difuminan, de otra, una diversidad de medidas
destinadas a detener la entrada de migrantes y de formas de desigualdad, exclusión y
discriminación fortifican las fronteras de la condición de ciudadanía o de humanidad
(Ferrer Julià, 2004; Peñalva y Zufiarre, 2008). Se han tipificado las relaciones posibles
en situaciones de contacto entre culturas, que van desde el abandono a la preservación